Miguel Veny Torres

A QUIEN CORRESPONDA (II)

Miguel Veny | 21 Mayo, 2009 17:11

     Adolfo Marsillach, Paco Umbral, Andrés Ferret y Francisco de Quevedo escribieron estas precisas palabras que se las dedico a aquellos que, sin haber cruzado palabra alguna conmingo, están deseosos de que embarque en alguno de sus afamados «barcos de rejilla».

     Adolfo Marsillach: "Hay muy poca gente capaz de decir lo que piensa si sabe que su pensamiento no va a coincidir con la opinión general. El miedo a colocarse fuera del círculo de «los entendidos» provoca terribles parálisis cerebrales. El selecto club de los tontos leídos -o, simplemente, bien informados- produce catástrofes irreparables. Llevo años defendiendo -y pagando a veces un alto precio por esta defensa- una definición de la cultura como algo «divertido». Cuando un libro me aburre, lo dejo; y cuando no soporto una película, me voy del cine. (...) Todo lo que sé -poquísimo, debo reconocerlo- lo he aprendido «después». ¿Después ... de qué? Sencillamente después de que dejaran de empeñarse en imponerme lo que tenía que aprender.".

     Paco Umbral: "Locos, sí, locos les decimos desde la banqueta del vermouth, desde nuestro automóvil de multas y empellones, pero si un nuevo diablo cojuelo viniera de la mano de Vélez de Guevara a mirar dentro de las conciencias, a destapar ollas y tejados, en todas partes encontraría cobardía o prostitución y sólo en el pecho escondido y revuelto de estos seres, de estos locos, podría hallar algo más fresco que unos cheques de viaje, unos teléfonos adúlteros, un carnet traicionado o unas monedas baboseadas.".

     Andrés Ferret: "En ocasiones -y con menor frecuencia a medida que uno envejece-, tropiezo con el enterado de turno que finge interesarse por mi vida, trabajo y proyectos. Todo esto le importa un bledo, por supuesto, pero le sirve como excusa para respetar su pregunta final y previsible: «Y tú, con tu profesión, ¿no tendrás más campo y posibilidades de éxito en Madrid o en una ciudad grande y abierta a mayores oportunidades?». El inquisidor pertenece a esa subespecie de los imbéciles que exigen a los demás la asunción de riesgos y aventuras que ellos jamás se atreven a protagonizar. Gente que da por descontado que el talento no florece si no se reconoce en Mallorca, y que perdona los triunfos ajenos con tal de que se produzcan fuera de la isla. De paso, aprovecha la coyuntura para recordate las dimensiones de tu fracaso por no haberte ido a tiempo.
     A esta clase de preguntas, suelo responder con evasivas o silencios corteses o embarazosos, según los casos. Una vez, sin embargo, secidí ser sincero con el impertinente ocasional y le agarré por el cogote haciendo girar lentamente su vana cabeza. «La respuesta es el mar -dije-. ese mar que ahora ves porte te obligo a mirarlo, dado que vegetas de espaldas a él». No entendió nada, claro, pero yo quedé medianamente satisfecho de la anécdota. El mar en un día luminoso como el de ayer es un don que lo compensa todo en esta ciudad aún hecha a la medida del hombre. La primavera ha estallado de repente, y el Mediterráneo mallorquín lo nota porque está vivo, y se agita al renovarse. Contemplando su esplendor, se recuerda que el auténtico valor de la vida radica en las cosas que no tienen precio. Y el mar es la mayor de ellas, incluso en la Mallorca fenicia.
".

     Francisco de Quevedo: "¿Hay diablo como un adulador, como un envidioso, como un falso amigo, como una mala compañía? Pues todos estos le faltan al pobre, que ni le adulan, ni le envidian, ni tiene amigo malo ni bueno, ni le acompaña nadie. Estos son los que verdaderamente viven bien y mueren mejor.".

Palma, 21 de mayo de 2009

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